—Si ustedes quieren hacerle entierro...
—¡Oh, sí, sí, ya lo creo, qué duda cabe! Ahora mismo. ¿Qué hay que hacer?
—Pues nada; avisar a la funeraria. Lo restante es cosa mía.
—¡Oh, muchas gracias, muchas gracias! Luis, ¿quieres encargarte?
El mozo intervino en la conversación:
—Si ustedes quieren, aquí hay una funeraria que lo hace. En cuanto traigan la caja, se puede (si el señor director lo autoriza) trasladarle a la capilla.
—Sí, sí, a la capilla, que le lleven en seguida a la capilla.
El director sonrió y repuso:
—Advierto a usted que la capilla no es tal capilla; quiero decir que el sitio donde van a trasladarle, porque aun cuando el reglamento dispone que estos actos se verifiquen de día, yo no tengo inconveniente, en obsequio a ustedes, en autorizar que se haga ahora mismo, la capilla, digo, es otro depósito más pequeño, destinado para los cadáveres distinguidos, vamos, para aquellos que los reclaman las familias.
—¡Ah, yo creía!...