—De todos modos, es un sitio mucho más decente. Allí estará muy bien.

Esta vez fue Luis el que no pudo por menos de sonreír.

—Y allí ¿le podré ver? —volvió a insistir Elena.

—Mañana.

—¡Mañana, siempre mañana!...

—Hay que tener paciencia, hija mía.

—Bueno, la tendré. ¿De modo —agregó dirigiéndose al mozo— que usted avisará a la funeraria?

—Avisaré al sepulturero, que es el que se encarga de estas cosas.

El sepulturero se presentó en seguida. Era un hombre joven, de aspecto sumamente simpático. Con mucha amabilidad y cortesía, impropias en verdad de tan macabro oficio, convino con la muchacha y con Luis un entierro de segunda clase. Ambos jóvenes, agradecidísimos a las bondades del director, no encontraban palabras para demostrárselo. El director, por su parte, se mostraba cada vez más atento. Y ya en el terreno de las peticiones y de las concesiones, Luis se atrevió a indicar:

—Y a mí, ¿me permitiría usted que le viera?