—A usted sí, es decir, cuando le trasladen a la capilla, porque en el depósito general, la verdad, yo no se lo aconsejo a usted; es un espectáculo demasiado fuerte y demasiado... antihigiénico.

—La caja podrá estar aquí dentro de un cuarto de hora.

—Entonces, si le parece a usted y no le molestamos, esperaremos...

—Lo que ustedes gusten; están ustedes en su casa.

La señora del director había mandado hacer una taza de tila y se la ofrecía con sus propias manos a Elena, que no sabía cómo corresponder a tantísima amabilidad. Luis, sentado delante de la mesa, departía afablemente con el marido, que le relataba detalles curiosísimos de la organización del establecimiento.

—El cargo de director muy molesto. ¿Trabajo? poco, sobre todo trabajo material. Cuatro horas de oficina y el continuo chorreo de firmas y rúbricas. Pero sujeción tremenda. Hay que estar en todo, atender a todo el mundo. Reclamaciones del público, reclamaciones de los enfermos, reclamaciones de los médicos, reclamaciones de las hermanas, ¡qué sé yo! Le aseguro a usted que no tengo diez minutos míos, y eso que me levanto a las siete y me acuesto a las doce. Es un cargo muy penoso, muy penoso... Y luego por si esto era poco, la constante presión del diputado visitador, los oficios del gobernador, los exhortos de los juzgados, las denuncias de la prensa, la lucha diaria con los proveedores... Y a todas horas lástimas y penas y tristezas y sufrimientos y dolores. Crea usted, amigo mío, que no hay compensación.

—El sepulturero me manda decir a ustedes que el cadáver ha sido trasladado a la capilla —exclamó el mozo entrando de nuevo.

—Cuando usted guste, caballero; el mozo le acompañará. Ruego a usted que me perdone si no lo hago yo mismo; yo no voy al depósito más que en caso de estricta necesidad.

—¡No faltaba más!

—Le aconsejo que procure estar el menor tiempo posible. No es sano aquello.