Atravesaron un estrecho pasillo que había a la izquierda, cortado en ángulo recto, y desembocaron en los claustros del Hospital. Una ráfaga de aire fresco y húmedo que les produjo agradable sensación de bienestar, les dio en la cara. Los claustros estaban desiertos. La luna se reflejaba en los árboles del jardín, arrancándoles tonos plateados, manchas confusas, contrastes vivos de luz y sombra, tintes opacos, raros matices de decoración teatral. Al llegar a la puerta de la farmacia, un joven vestido con sombrero de paja y larga blusa de dril, desabrochada, les salió al encuentro. Era Paco Gaitán.

—¿Tú aquí? —exclamó sorprendido al encontrar a Luis.

—He venido a ver al pobre Antoñito Bedmar, que está en el depósito de distinguidos.

—¡Cómo! No sabía nada.

—Le han traído esta mañana gravísimo, tan grave, que ha muerto a las cinco y media.

—¡Pobre muchacho! Era de esperar; estaba tísico perdido. Te acompañaré.

Y los tres hombres siguieron su camino por los inmensos claustros silenciosos.

Al llegar frente a la cocina, el mozo, que iba delante, torció a la izquierda y entró por una puerta pequeña, casi cuadrada, parecida a la de los corrales de las casas de campo. Y realmente, más trazas de corral que de otra cosa tenía el lugar que se presentó ante sus ojos. Árboles esqueléticos, de copas escuálidas, se elevaban a uno y otro lado del camino estrecho y descuidado. La hierba crecía a su antojo por entre las piedras del suelo y las hendiduras de la tapia. Grandes y desiguales caserones se apiñaban a la derecha.

—Es la casa del comisario —dijo Paco Gaitán señalando uno de los edificios.

—En mal sitio vive ese pobre hombre.