—A todo se acostumbra uno.
Los rayos de la luna dibujaban en el fondo del paisaje temerosas figuras y espantosas apariciones. A cada instante se le antojaba a Luis ver fantasmas y espectros. Momento hubo en que necesitó de todo su valor y de toda su cultura para no cogerse del brazo de Gaitán.
Un hombre seguido de dos perros oscuros y largos salió como una sombra de entre los árboles.
—¿Dónde van ustedes? —preguntó con voz bronca—; no se puede pasar, está todo cerrado.
—Estos señores vienen de parte del director —observó el mozo.
La sombra vaciló un momento:
—Bueno, bueno —masculló malhumorado—, vean ustedes al sepulturero.
Y desapareció de nuevo entre los árboles seguido siempre de sus perros oscuros.
El sepulturero esperaba en la puerta del depósito, un gran edificio de ladrillo encarnado con pequeñas ventanas cuadradas, a través de las cuales se veían brillar débilmente las luces de las lámparas. Tenía la entrada por la parte posterior, una estrecha puerta de capilla con su cruz de piedra en el centro. El mozo se quedó allí. Los demás bajaron los escalones con los sombreros en la mano, primero Gaitán, después Luis, luego el sepulturero haciendo sonar el manojo de llaves que chocaban repiqueando con melancólico tono en el silencio solemne de la noche.
—Ahí está —dijo Gaitán.