Sí; allí estaba, tendido en la caja, rígido e inmóvil. Su pálido rostro, sereno y tranquilo, se destacaba con dulce claridad entre los pliegues de la capucha gris. El hábito de San Francisco daba a su cuerpo venerable aspecto de religiosidad. Sus manos descansaban sobre los muslos, pequeñas, cuidadas, delgadas, marfileñas. La tibia luz de la lámpara colgada del techo, fundía en un tono triste los amortiguados matices del portland, los apagados reflejos del estuco, la negra pintura del techo, los dorados sin brillo del zócalo, el negro crucifijo que, en lo alto de la pared del fondo, abría sus brazos amorosos. Un rayo de luna, filtrándose por la abierta ventana, hería con fulgor plateado las alpargatas blancas.
—¡Pobre Bedmar!
—¡Pobre Bedmar!
Allí estaba, muerto para siempre, muerto para la vida y para el arte, tronco caído, luz apagada, idea extinguida. Pobre perseguidor de ideales, alma de niño, rimador de versos, cantor de estrofas, peregrino de otros mundos, constante amador de la verdad y del bien.
—¡Pobre Bedmar!
Los dos amigos, de pie ante el féretro, con los brazos caídos, miraban tristemente los despojos yertos. Ninguno de los dos osaba hablar palabra. ¿Para qué? ¿Qué iban a decir?
El viento, fuera, agitaba las hojas con melancólico susurro. Desaforados ladridos sonaban con horrísono desconcierto allá en la Ronda, al otro lado de la tapia. Un chorro de agua caía continuo con estridente estrépito.
—Vámonos —dijo Gaitán—, está esto muy húmedo.
—Sí, vámonos.
Y como si despertase de un letargo, alzó la vista y contempló la estancia. Era relativamente pequeña, casi cuadrada, alta de techo, con dos pequeñas ventanas enrejadas que daban al jardín. Empotradas en la pared del fondo avanzaban en línea, como camastros de cuerpo de guardia, cinco mesas de portland. Sobre una de ellas descansaba el féretro.