—Está bien esto, ¿verdad? —preguntó el sepulturero al notar la impresión de Luis.

—Sí, muy bien, mejor de lo que yo creía. Y lo que más me extraña es que no se percibe olor alguno.

—Oh, no es posible; ¿no ve usted que hay mucha limpieza? Como el suelo y las mesas son de portland y las paredes de pintura impermeable, en cuanto se llevan los cadáveres empiezan a funcionar las mangas de riego. Además, aquí hay siempre pocos cuerpos. En cambio, allí —añadió señalando al final del pasillo—, allí ya huele algo peor.

—¿Y qué es aquello?

—Aquello es el depósito general. ¿Quiere usted verlo?

Luis avanzó muy decidido, pero al llegar a la puerta se detuvo con respetuoso temor. Había divisado diez o doce cadáveres tendidos en las mesas, entre ellos el de una vieja vestida de negro, allí, en la misma entrada.

—Sí, tiene usted razón —exclamó apartándose bruscamente—; aquí huele bastante mal.

—Y no debería oler tampoco —replicó el sepulturero—, si se cumplieran las cosas como es debido. Pero, ¡qué quiere usted! Los médicos se olvidan a veces de certificar, y el cadáver permanece treinta y a veces hasta cuarenta horas. Si las cosas se hicieran bien, no se notaría olor alguno. Porque el depósito está en admirables condiciones. Uno es un zoquete y no entiende de nada; pero personas instruidas y de mucho talento que lo han visto, han dicho que es el mejor de España; solo tiene un defecto: que está todavía poco profundo.

—¿Y esta escalera? —preguntó Luis señalando una claramente alumbrada que se abría en medio del pasillo y en la cual no se fijó al entrar—. ¿Dónde va?

—Esta escalera es la mía.