—¡Cómo! ¿Usted vive aquí?

—Sí, señor; ahí encima tiene usted su casa.

—Gracias, amigo; pero, la verdad, no me explico cómo vive usted ahí.

—¿Por qué? No hay inconveniente ninguno. Ya ve usted; tengo tres niños pequeños; si pudiera haber algo peligroso, no viviría, puede usted creerlo. En el depósito no hay miasmas. Algo peor es aquel rincón —añadió señalando la esquina del patio—. Aquel vertedero donde van a parar las barreduras de todas las salas, los algodones de las heridas, las gasas, las vendas, todas las porquerías, en fin. Eso sí que es peligroso y antihigiénico; pero los muertos, ¡bah!, los muertos no importa. Todo es cuestión de agua.

El viento seguía agitando las hojas con melancólico susurro. Los perros continuaban ladrando furiosamente. La luna, filtrándose por las escuálidas copas de los árboles, dibujaba en el suelo fantásticas manchas. Extrañas figuras asomaban entre los troncos como espectros y apariciones.

Pero Luis ya no temblaba; ya no era terror lo que sentía; era tristeza, una tristeza honda, un abatimiento profundo que atenazaba su corazón y martirizaba su cerebro.

XXV

Lo primero que hizo Gener en cuanto dejó en su casa a Elena, fue marcharse a El País, el periódico de la mañana en que tenía más amigos, y escribir un artículo a la memoria de Bedmar, un hermoso artículo por cierto, una verdadera crónica, como deben ser las crónicas, sencilla, breve, rápida y sentida. Todos, cosa rara, la encontraron admirablemente hecha. La crónica era sencillamente una excitación a los círculos y sociedades artísticas y literarias, y al público en general, para que tributasen el último homenaje de admiración al gran poeta acompañando su cadáver.

—Es lo menos que se puede hacer por un amigo a quien se quería y admiraba —añadía Luis a guisa de comentario—. Además, yo iré esta noche en persona a ver a los individuos de la Prensa, Escritores y Artistas y Círculo de Bellas Artes. Es necesario que todo Madrid vaya al entierro.

Luego discutieron la forma mejor de avisar a la familia, conviniendo todos en dirigir un despacho urgente a los ayudantes del general Bedmar, antes de que lo telegrafiasen los corresponsales de provincias.