—Encárgate tú de eso —le dijo a uno de los redactores—. Yo me voy al Círculo de Bellas Artes, a ver si tropiezo con alguien de la directiva.
Al llegar a la calle se encontró con que no tenía un céntimo para tomar un coche. Ni siquiera le quedaba el recurso de empeñar el reloj, porque con la precipitación lo dejó todo olvidado en casa. Afortunadamente, en la calle de Peligros se encontró a Isabelilla que volvía de los Jardines con Paca Rey, y la pidió dos duros.
—Dos y cinco y veinte y todos los que tú quieras —le dijo ella—. Es decir, siempre y cuando tú me garantices que no son para marcharte de juerga con otra.
—¡No, mujer, nada de eso!
Y le explicó para qué los quería. Las dos mujeres se afectaron mucho, hasta el punto de saltárseles las lágrimas. ¡Pobrecillo! Ellas también querían mucho a Bedmar, ¡ya lo creo!, ¡muchísimo!, y eso que era un desaborío para las mujeres. Pero con todo, le apreciaban por lo desgraciado que era y por los versos tan bonitos que hacía. Luego, al saber los transportes de Elena, Isabel se indignó.
—¡Valiente sinvergüenza! ¡Hipócrita! Después de haber estado haciéndole sufrir toda la vida, después de ser ella la causa de sus desdichas, venir a última hora con lloriqueos y dolores. ¡Ay, qué asco! ¡Te digo que me dan un asco esas mujeres! ¿Cuándo vas a venir a casa?
—Cuando tú quieras.
—Mañana estás de entierro. Pasado mañana, ¿quieres? Ese se ha vuelto a marchar. Está en Oviedo y no volverá hasta dentro de quince días, lo menos. Ven por la tarde; ya sabes que por las tardes estoy sola.
Y se marchó con Paca Rey, escapada como siempre, con sus breves saltitos de pájaro.
A las tres de la madrugada lograba Luis ver todos sus trabajos coronados por el éxito. Las tres sociedades enviarían coronas y comisiones. La de Escritores y Artistas sufragaría además los gastos del entierro, pues no consideraba decoroso para la clase ni para la memoria del muerto, que los pagase una mujer con la que al fin y al cabo ningún vínculo le ligaba. Los cronistas de los grandes periódicos se brindaron gustosos a escribir cada uno un artículo lo más largo y lo más cariñoso posible. ¡Ya lo creo! ¡No faltaba más! Un poeta como Bedmar, un talento, una gloria nacional... No hacía falta que lo hubiera recomendado. Bedmar se merecía aquello y mucho más. ¡Ya lo creo!