Era curioso ver cómo toda aquella gente que tres días antes descuartizaba la reputación literaria del poeta tachándole de embrutecido y agotado se deshacía ahora en elogios y alabanzas.
—¡Hipócritas! ¡Cobardes! ¡Miserables! ¡Cómo se conoce que ya no puede haceros sombra! Por eso habláis bien de él —murmuraba Luis camino de su casa—. Si resucitara, volveríais todos a morderle y a envenenarle el pan para que se muriera de nuevo cuanto antes. ¡Qué misteriosas combinaciones tiene el azar a ratos! —pensaba luego—. Gracias a mí, el último noticiero de Madrid, el más insignificante de todos, gracias a la chulesca generosidad de una perdida, la muerte de este pobre poeta no pasará inadvertida para sus contemporáneos. Gracias a mí irá gente a su entierro.
Y se reía al pensar estas coincidencias de la vida, estos raros caprichos de la suerte, que hacen depender de una palabra a veces, la fama y el olvido, la gloria y el desprecio. Pero, en fin, el objeto principal se había conseguido. El entierro sería solemne. Era indudable que, bien preparada la opinión, la gente acudiría. La gente es una niña curiosa que va siempre adonde le dicen que hay algo que ver, bueno o malo, grande o chico, alegre o triste. Sí, era indudable que todo Madrid iría al entierro. Desde este punto de vista, Luis podía estar y estaba satisfecho.
Pero mucho más aún lo estuvo al día siguiente cuando vio el número verdaderamente considerable de personas que se aglomeraban en la puerta del Hospital. Periodistas, políticos, artistas, escritores, escritores sobre todo. Podía asegurarse que ni uno solo dejó de acudir al llamamiento. Todos estaban allí, viejos y jóvenes, maestros y principiantes, los que habían escalado la cumbre y los que luchaban por lograrla. La muerte, borrando con mano generosa odios y rencores, hipocresías y convencionalismos, los reunía a todos bajo un mismo sentimiento de compañerismo y caridad. Los pequeños deponían sus envidias, los fuertes su orgullo, los que ayer le humillaban, negándole el saludo por borracho y envilecido, hoy le ensalzaban como talento indiscutible, y todos acudían a rendir el último tributo, el postrer homenaje al gran poeta del sentimiento, al gran cantor de la tristeza y la amargura.
Conforme la hora del entierro se iba aproximando, aparecían nuevas personas, nuevos carruajes desembocaban en la plaza inmensa; coquetonas berlinas, lujosos landós, milords charolados, modestos simones; hasta un coche de ministro; desde lejos se distinguieron los sombreros del cochero y del lacayo, con sus anchos galones de oro y sus escarapelas con los colores nacionales.
—¿Quién es?, ¿quién es?
Era el ministro de Marina, amigo íntimo y compañero del padre de Antonio. Descendió del carruaje y se aproximó a un grupo de periodistas que, solícitos acudieron a saludarle y a pedirle de paso noticias sobre el proyecto de reformas de los arsenales que tenía en estudio.
La muchedumbre se apiñaba en la plaza estrujándose y oprimiéndose y empinándose para ver mejor, indiferente a la lluvia de fuego que el sol derramaba sobre sus cabezas. Los mejor informados daban largas explicaciones sobre quién había sido el muerto y de las cosas que hacía en vida. Algunos llevaban su entusiasmo hasta el punto de recitar sus composiciones, que los demás escuchaban con respetuoso silencio. A continuación venían las frases compasivas, los comentarios crudos, las reflexiones crueles de una lógica brutal y abrumadora. «Sí, sí, ahora mucha fachenda y mucho lujo y le han dejado morir en el hospital... Al burro muerto...». Y otras por el estilo.
—¿Pero aquí quién preside? —preguntó el ministro.
¡Toma!, pues era verdad; no había presidencia. Fue necesario improvisar una con los representantes de las Sociedades, el administrador de La Abeja y el cura del hospital, que se ofreció gustoso a título de último confesor del muerto y amigo particular de la familia, según aseguró. El ministro, a quien se le hizo igual ofrecimiento, se excusó de aceptarlo, pretextando que sus ocupaciones le impedían llegar al cementerio. En cambio, a Luis nadie se tomó la molestia de decirle nada; bien es verdad que si se lo hubieran dicho, tampoco habría aceptado.