Por fin el fúnebre cortejo se puso en marcha. Precedíanle cuatro guardias municipales montados, con los bruñidos cascos relucientes y los largos penachos de crin que el viento hacía ondear. Detrás la carroza con sus negros caballos empenachados. Llevaban cintas del féretro individuos de las Asociaciones de la Prensa, Escritores y Artistas, Círculo de Bellas Artes, y Manolo Ruiz por la redacción de La Abeja. Detrás venían las coronas, entre las que sobresalía una inmensa de flores naturales, sin cinta ni dedicatoria.

Caía un sol de justicia. Mientras anduvieron por el paseo del Botánico pudieron defenderse de los rayos, resguardándose bajo la sombra de los árboles; pero al llegar a la plaza de Cánovas, las protestas fueron generales.

—¡Qué barbaridad, qué calor! Esto es inaguantable, esto es imposible, esto no hay quien lo resista. ¿A quién se le ocurre organizar un entierro a las cuatro y media de la tarde en pleno mes de julio? ¡Y al Este!

—¿Y dónde querían ustedes que le llevaran? —replicó Luis malhumorado—. ¿A la Basílica de Atocha?

—¿Por qué no? Otros están allí con menos motivo.

—¡Sí, alabadle ahora, cuando hace dos días le desollabais vivo!

—¡Toma, por eso, porque estaba vivo! Desengáñate, Luis; salvo tu opinión, lo mejor que ha podido hacer Antoñito es morirse. Era imposible que produjese ya nada nuevo; estaba agotado, completamente agotado. Por eso se había muerto, porque había ya terminado su misión. Ah, no te quepa duda.

Y le explanó una curiosa teoría acerca de la vida, según la cual nadie se muere sin haber cumplido su misión. Por eso no había que creer en los genios malogrados. El que se muere es porque debe morirse; por eso se había muerto Bedmar; por eso él no temía a la intrusa, porque estaba convencido de que su misión en el mundo no había aún terminado.

—¿Y cuál es tu misión?

—¿Mi misión? No lo sé. Lo único que puedo asegurarte es que no ha terminado. Y la tuya tampoco. Yo te profetizo que tienes que vivir todavía muchos años. Luis, tú estás llamado a grandes cosas.