Luis se estremeció. Era la tercera vez que en pocos días y por conductos diferentes le auguraban lo mismo. Y se quedó pensativo, profundamente impresionado por estas extrañas coincidencias.
La comitiva atravesaba el Salón del Prado, arrastrándose lenta y perezosa bajo la sombra de los grandes álamos. La carroza marchaba a la derecha, al tardo paso de sus caballos negros. Daba verdadera compasión ver a los infelices que conducían las cintas, con los sombreros en la mano, aguantando a cabeza descubierta los rayos del sol que implacables caían. Los pocos transeúntes que por allí pasaban deteníanse un instante para contemplar la carroza, y después de saludar respetuosamente proseguían su camino bajo los árboles, preguntándose quién sería aquel muerto tan bien acompañado.
Al llegar al paseo de Recoletos la mitad del cortejo había desaparecido; unos pretextando imperiosas ocupaciones, otros echándole la culpa al calor; los más hipócritas, asegurando que continuarían en coche y marchándose después por la primera esquina. En la plaza de Colón no quedaban cuarenta personas. Convínose, pues, en despedir allí el duelo y tomar los carruajes los que se decidieran a continuar hasta el cementerio. Fueron muy pocos; algunos amigos íntimos del finado y los representantes de las Asociaciones. Entonces se echó de ver que los individuos de la presidencia no tenían coche. Hubieron de distribuirse en los que generosamente se les brindaron. Luis y Boncamí ofrecieron el suyo al cura del hospital.
El viaje no fue por ello menos penoso, sobre todo para el pobre Boncamí, que sentado en la bigotera no encontraba modo de resguardarse de los rayos del sol. El sudor le caía a chorros por la frente y las mejillas, empapándole el cuello y arrugándole la pechera. El cura, sopla que sopla, se había acurrucado en el rincón del carruaje, y sin importársele un bledo lo que pudieran decir de él, se abanicaba rápidamente con su enorme sombrero de teja. ¡Ay, qué calor, qué calor!
—Un poco de paciencia; en cuanto lleguemos a las Ventas, ya verán ustedes cómo refresca.
Sí, sí, refrescar... Allí hacía mucho más calor todavía.
Instintivamente miraron a los merenderos. Todos estaban desiertos. No se oía ni un organillo.
El cura relataba a los dos amigos la historia de sus relaciones con la familia Bedmar. Al padre le había conocido siendo él capellán de la fragata Gerona, allá por el año 65, ayer, como quien dice. Era entonces teniente de navío; tendría unos treinta años y estaba todavía soltero. Después se vieron pocas veces. Él dejó la marina a raíz del levantamiento de Cádiz, y Bedmar continuó su carrera, ¡brillante carrera, por cierto! Después se puso a hablar de la muerte del hijo. ¡Pobre muchacho! Era un bendito, un santo. Cuando le avisaron para confesarle estaba ya muy mal, tan mal que no pudo terminar la confesión.
—Mira, Luis, haz el favor de sentarte un poco en la bigotera. Yo no puedo más. Esto es horroroso —dijo Boncamí levantándose—. Me va a dar una congestión.
—Sí, hombre, sí, con mucho gusto. ¿Por qué no me lo has dicho antes? —contestó Gener cambiando de asiento—. Así como así, ya falta poco; en cuanto lleguemos a la carretera de Vicálvaro, arreará la carroza y refrescaremos.