Llegaron a la carretera y se encontraron con que aquello era todavía peor, pues aparte de que el sol seguía cayendo como plomo candente, el viento, soplando a su antojo y sin obstáculos, les llenaba de polvo los ojos y la boca, cegándoles e impidiéndoles respirar. Un enjambre de moscas había caído sobre ellos y se cebaba en sus manos y rostros con implacable ensañamiento.
El cura, refugiado en el rincón del carruaje, seguía hablando por los codos. Había elegido por tema la confesión de los enfermos y contaba detalles curiosísimos.
—La preocupación constante de las buenas hermanas estribaba en que ningún enfermo falleciera fuera de la santa religión, y era de ver las cosas que hacían y los medios a que apelaban para convencer a los descreídos y a los indiferentes. Por supuesto, que la mayoría de los tales eran sencillamente unos sinvergüenzas, unos «vivos», que se fingían librepensadores y se dejaban poco a poco convencer a cambio de raciones de gallina, copitas de Jerez y hasta dinero muchas veces, que las cándidas hermanas les daban a cambio de arrancar un alma de las garras del demonio. Lo notable era que la mayoría de los que salían arrepentidos, volvían a entrar más descarriados que nunca. Y vuelta al trabajo de las hermanas, y a la gallina, y a las copitas de Jerez y a las pesetas. Otros, en cambio, los menos —justo es confesarlo— se negaban en absoluto a recibir auxilios espirituales. Y entonces era de ver la desesperación de las hermanas. Porque en este punto son intransigentes, excesivamente intransigentes. Yo he tenido con ellas muchos disgustos por esta causa. Hay que ser un poco tolerante con el prójimo, ¡qué caramba! Yo soy el primero en lamentar estos hechos cuando suceden; pero reconozco que la intransigencia en materias de religión es contraproducente. Verán ustedes, les voy a contar un caso muy notable.
»Hará cosa de tres o cuatro años entró en el Hospital un muchacho norteamericano, un chico muy simpático y muy instruido. Profesaba la religión protestante. Yo, como es natural, traté de atraerle a la nuestra; pero a las primeras frases se puso muy serio y me dijo cariñosamente, pero con grande energía: «Mire usted, padre: yo le ruego a usted que no hablemos de esto». Bueno; pues yo me callé, sí, señores, me callé. Otro día volví a insistir y me contestó lo mismo. Me callé también y me volví a callar siempre que me daba la misma respuesta. ¡Cochinas moscas! —interrumpió bruscamente agitando su sombrero de teja para espantarlas—. ¿Por qué no se irán con el cadáver? Bueno, pues verán ustedes —continuó prosiguiendo su relato—: Aquel pobre muchacho estaba tísico; los médicos aseguraban que no tenía remedio, y yo lo sabía. Figúrense ustedes mi pena al ver que aquel hombre se negaba a reconocer la verdadera religión. Un día, me acuerdo perfectamente, una mañana crudísima de enero me llamó y me dijo: «Padre, yo comprendo que es un gran sentimiento para usted el que yo muera sin confesión en el hospital». «Sí, hijo mío», le contesté. «No me interrumpa usted», añadió. «Sé que esto le causa a usted gran contrariedad y, por lo tanto, he decidido evitarlo. Me marcho a un sanatorio. Comprendo que se acerca mi fin y no quiero proporcionarle ese disgusto, porque le aprecio de veras». En efecto, aquella misma tarde, en una camilla, a pesar del frío y de la nieve que caía, se marchó contra todos nuestros consejos al sanatorio de Santa Teresa.
—¿Y se murió?
—Sí, señor; aquella misma noche. La crudeza del día le acabó de matar. ¡Malditas moscas!
La negra carroza seguía rodando por el polvo del camino entre rubios trigales que el viento agitaba. Madrid quedaba allí a lo lejos, envuelto en la bruma, con sus casas apiñadas, con sus campanarios, sus cúpulas, sus chimeneas, sus columnas de humo que se perdían en el intenso azul. Continuamente se cruzaban con otros coches que venían de dejar en el cementerio su fúnebre carga, la mayoría coches blancos, coches de niño.
—¡Cuánto niño muere!, ¿verdad?
—Muchos. Es horrible.
Los trigales se acabaron de pronto y en su lugar aparecieron campos enormes, praderas infecundas, páramos yertos, rojizos tejares donde montones de hombres tostados y curtidos trabajaban la arcilla bajo los rayos implacables del sol. Luego apareció un grupo de árboles.