—¿Niño, quieres callarte ya? —gritó Amalia, dándole un fuerte abanicazo—. Pues no estás tú poco cargante con la tal guajirita. ¿La has aprendido en viernes?
—¡Toma, pues no sabes lo más gracioso! Que no sé más que el principio.
—Razón de más para que te calles.
—¡Pero si es una guajira preciosa! Se la oí cantar ayer a la cocinera de mi casa y me entusiasmó.
—Pero hijo, si es más antigua que el andar a gatas.
—Lo cual no quita para que a mi me guste. Es típica: sabe a caña. Te advierto que no he de parar hasta que la aprenda.
Petrita intervino.
—Mira, Manolo, si es un antojo yo te la enseñaré, pero con una condición: que no tienes que darnos la lata con ella.
—Prometido.
—Bueno, pues entonces, oye; ahí va.