—¿Los conoces? —preguntó Petrita, curiosa como siempre.
—Nada más que a uno, a aquel pálido de la camisa de seda. Es el hijo del conde de San Gil. Va mucho a Fornos. Los demás no sé quiénes son.
—¿Y ellas?
Amalia dijo que quería conocerlas.
—Estoy segura de haber visto esas caras en alguna parte, pero en este momento no caigo.
El joven pálido se acercó a Manolo y le saludó con gran familiaridad.
—¿Es usted de los invitados? ¡Hombre, me alegro! Siempre es bueno dar con amigos. ¡Caramba! Las once y media nada más. Me parece que nos hemos anticipado.
—Pues figúrese usted, nosotros, que estamos aquí desde hace hora y media.
Los demás, al ver esta familiaridad, se aproximaron también.
—¡Gracias a Dios! ¡qué ganas tenía de estirar las piernas! —dijo uno de los muchachos; un mocetón alto y fornido, completamente afeitado—: íbamos en el coche como sardinas en banasta.