Ellas se reían, recordando las apreturas, tratando de deshacer las arrugas de sus vestidos.
El joven pálido se creyó en el deber de presentar a sus amigos: «Don Luis de Bernáldez, capitán de caballería; don Enrique de la Escosura, teniente de ingenieros; don Francisco Soler, abogado». De las mujeres no hizo mención alguna. Los caballeros estrecharon la mano de Ruiz y todos se pusieron a charlar como buenos amigos de toda la vida.
—Ha sido una buena idea la de Paco.
—Magnífica. Es un hombre muy listo.
—Oh, muy listo; yo lo he dicho siempre.
—Cuando a mí me expuso la idea por primera vez —exclamó el capitán—, me pareció descabellada y así se lo dije francamente. ¿Un merendero en La Bombilla? ¡Pero tú estás loco! Mira, Paco, déjate de ilusiones y continúa en Fornos sirviendo a tu parroquia sin meterte en dibujos que te pueden salir caros. Pero ahora confieso que me equivoqué. Esto es muy hermoso —agregó, paseando la mirada a su alrededor—. No cabe duda que va a hacer dinero. Es un buen negocio.
—Sí, sí, hay que felicitarle, ¡Paco! ¿Pero dónde se ha metido ese hombre? ¡Paco! ¡Paco!
Paco se acercaba pausadamente, con su sombrero en la mano, sonriendo con aire tranquilo de buen burgués.
—¡Oh, señor conde, señor conde!... ¡cuánto le agradezco a usted que haya venido..., y lo mismo a estos señores!... ¡cuánto honor!...
—¡No faltaba más!