—¡Ah! pues los señores no conocen lo mejor. Si los señores quieren acompañarme, se lo enseñaré.

—Sí, hombre, sí, tendremos mucho gusto.

Echaron a andar. Atravesaron los delgados caminos limitados por anchos macizos de boj; pasaron ante los cenadores de entrelazadas cañas, por las cuales trepaban las enredaderas con su fino encaje de verdes colores; ante los veladores de hierro pintados de blanco; ante los sillones de delgadas patas y cómodo respaldo de entretejido alambre.

—He preferido sillones ¿saben ustedes? porque como se está en ellos más a gusto, la gente permanece más tiempo y, como es natural, hace mayor gasto.

Después los llevó a un amplio salón pintado de azul pálido, con una gran mesa cuadrilátera en el centro.

—Es la sala para bodas y bautizos. Aquí comerán ustedes hoy. Ahora, síganme; les voy a enseñar los gabinetes reservados.

Subieron una escalera de madera encerada, con pasamanos relucientes y grandes tiestos de palmeras pegados a la pared, y desembocaron en una espaciosa rotonda alegremente decorada a estilo moderno, con anchas flores de color de rosa sobre fondo claro. En medio una reproducción en escayola de la Venus de Médicis se arrodillaba, pudorosa, sobre un gran puff de terciopelo.

—Pero, ¡Paco, por Dios, te has excedido!

Paco sonreía satisfecho, dando vueltas entre sus manos al ancho sombrero cordobés.

—Pues falta todavía lo mejor; ya verán, ya verán —y abrió la puerta de uno de los gabinetes—. Eh, ¿qué tal?