—Precioso, Paco.
Era un gabinete pequeño, cuadrado; los muebles buenos, de severo gusto; mesas de roble, chiquitas pero sólidas; grandes sillas con asiento de cuero claveteado; las paredes de madera, lo mismo que el suelo.
—Está bien, está bien; solo que me parece que falta algo —añadió el teniente.
Paco sonrió, y abriendo una puertecita disimulada en la pared mostró otra habitación, una alcoba completa, con su cama de Viena, su mesa de noche y su lavabo, también de madera, haciendo juego con la cama.
—¿Ven ustedes como no falta nada?
—Sí, en efecto; eres un hombre práctico.
Las mujeres se habían aproximado y examinaban con gran detención la colcha y las sábanas.
—No son gran cosa, pero en fin, para lo que se quiere, buenas están.
Todos felicitaron cordialmente a Paco.
—Ya lo creo que vendremos. ¡No faltaba más!