En el jardín se encontraban ya más invitados; Ulzurrun, Boncamí, Rose, Rosarito, Jaime Fort, un pintor amigo de Boncamí, y dos hombres más.

Como faltaban todavía tres cuartos de hora para la comida, Paco los obsequió con wermuth y cerveza; pero las mujeres prefirieron esperar la hora bailando. Quitaron la funda del organillo, y el teniente de ingenieros se brindó solícito a mover el manubrio.

Boncamí, que no sabía bailar; el conde, que no tenía gana; una de las amigas del conde, que prefirió la cerveza; Ulzurrun y algunos más continuaron en los cenadores.

—Este Paco es hombre que sabe hacer las cosas —decía el conde.

—¡Toma! ¡Ya lo creo! —agregó la muchacha—. A nosotras nos ha mandado una tarjeta preciosa de invitación, una monada; aquí está —y mostró una delgada cartulina, una fototipia del establecimiento, hecha por Laurent. En una esquina, sujeta por artístico sello de lacre, brillaba una moneda de cinco pesetas, con este letrero sugestivo: Para el coche—. Creo que ha repartido veinticinco.

—Pues le va a salir la fiesta por una friolera.

—Oh, no; tengo entendido que las invitaciones son para el refresco. A la comida solo venimos los íntimos: unos treinta entre hombres y mujeres.

—De todos modos, le va a salir caro.

—¡Bah!, ya sabe él lo que hace.

El ingeniero tocaba el organillo bastante mal, unas veces despacio, otras ligerísimo, como si de repente se hubiera vuelto loco. Todas las parejas protestaron.