—O toca usted mejor, o deja usted el manubrio.

Pero súbito retintineo de colleras les distrajo. Un coche llegaba, un gran break con seis caballos a la jerezana.

—¡Ya están aquí, ya están aquí!

Los seis caballos pararon en seco, haciendo campanillear sus cascabeles. El coche se detuvo y empezó a bajar de él gente conocida: Lola Guzmán, Nati, Paca Rey, Isabelilla, Julia, Maruja, Carmen Arenzana, todas elegantísimas, con sus vestidos vaporosos de tonos claros y sus grandes sombreros de paja, charlando por los codos, riendo a boca llena, respirando alegría y juventud. Tras ellas bajaron los hombres: Luis Gener, Cañete, Avelino Suárez, Alamares el matador de novillos, Paco Gaitán, Filiberto Pons...

—Pero ¡Jesús! ¿cómo venían ustedes? —preguntó Petrita, admirada de que en un solo coche cupiese tanta gente.

—Apretaditos, apretaditos, pero no se iba mal —contestó Gaitán sonriendo, mirando a Paca Rey.

—Claro, usted, sí. Ha ido usted todo el camino materialmente encima de mi falda.

Las mujeres se quitaron los sombreros, y algunos hombres las americanas. ¡Qué demonio! ¿no estaban en el campo? Pues en el campo debe haber confianza. Paco Gaitán se quitó incluso el cuello, porque, según dijo, le ahogaba.

—Estos cuellos altos son insoportables. No sé cómo los resistimos. Debíamos llevarlos todos como el de este —y señalaba la abullonada camisa de Alamares, que a su lado se erguía muy tieso y muy ufano con su traje corto y su faja de seda.

Del gran salón de bodas salía un alegre tintineo de cubiertos y cristales. Paco iba y venía de un lado para otro dictando órdenes y metiendo prisa a los camareros que atravesaban el jardín con grandes cestas de vajilla.