—¡Qué barbaridad! —dijo de pronto Petrita a Manolo—; ¿cuántos dirás que somos?
—¡Qué sé yo, hija! No los he contado.
—Pues yo sí; veintinueve justos: dieciséis hombres y trece mujeres.
—¡Huy, trece, vaya un número feo!
—¡Y tan feo! ¡Dios mío, que vengan más! —exclamó compungida, verdaderamente preocupada.
Iba Manolo a contestar, burlándose de sus supersticiones, cuando el agudo sonar de una bocina arrancó a Petrita un grito de contento.
—¡Mira, mira, un automóvil... con mujeres..., y vienen aquí!
—Sí, es el de Federico Guijarro.
—Y ellas, ¿quiénes son?
—Hija, espera que se quiten el velo; con ese armatoste en la cabeza, cualquiera las conoce.