El automóvil avanzaba despacio y majestuoso con antipático taf..., taf... Dio una pequeña vuelta hasta llegar a los cenadores y se detuvo. Las mujeres se quitaron el velo. Manolo, al reconocer a una de ellas, no pudo ocultar una exclamación de disgusto.
—Luisa... ¡maldita sea!
Petrita se había puesto pálida.
—Cómo, ¿es...?
—Sí, calla.
—Pues mira, ¿sabes lo que te digo? Que para eso, mejor éramos trece.
—Bueno, déjalo; después de todo, a nosotros ¡qué nos importa!
Luisa al ver a Manolo se quedó también, al principio, un poco sorprendida; pero rehaciéndose, adelantó hacia él y le tendió la mano.
—¡Hola, Manolo!, ¿cómo estás?
—Bien, ¿y tú?