—Bien, gracias.

No pasó más. Parecía que se habían separado la víspera.

—Cuando ustedes gusten —gritó Paco desde la puerta del salón.

Todos se precipitaron en él; pero al llegar a la mesa se detuvieron indecisos. Gaitán fue el primero en romper esta indecisión.

—Nada de ceremonias; aquí cada uno se sienta donde puede y donde le da la gana. Yo, por lo pronto, me siento aquí; y usted —añadió, señalando la próxima silla a Paca Rey— aquí, a mi lado.

Los demás, animados por esta franqueza, se acomodaron también a su gusto, respetando únicamente las cabeceras, que quedaron vacías.

—Y ahí, ¿quién va a sentarse?

—¡Toma, pues es verdad!

—Una de ellas le corresponde de derecho a este caballero —dijo el capitán de caballería señalando a Ulzurrun—. Sin que sea llamarle viejo, forzoso es convenir en que es el más respetable de todos nosotros.

Ulzurrun, ante este argumento, no tuvo más remedio que inclinar la frente y aceptar, sonriendo, con gran alegría de Boncamí, que por esta coincidencia se quedó al lado de Rose.