—Bueno, ¿y la otra?
—Eso no se pregunta —gritó el conde—; esa corresponde a Paco.
Paco se acercó. Él no comía; no le era posible; tenía que dar órdenes.
—¡Nada, nada; tú presides la mesa!
—¡Claro que sí!
—¡Pues no faltaba más!
Tuvo que ceder, haciendo que se resistía, pero muy halagado en el fondo, por alternar con todos aquellos caballeros a quienes hacía cuatro meses limpiaba la mesa con su paño mojado.
Manolo Ruiz, para no mirar a Luisa, se puso a leer la lista en alta voz: «Paella a la valenciana. Langostinos a la vinagreta. Solomillo con tomate. Lengua de vaca a la andaluza. Pollo en ensalada. Crema de limón. Postre. Café».
—Hombre, muy bien; he aquí una comida sana.
—He querido —dijo Paco—, hacer una comida española, una comida clásica, de la tierra. Nada de platos extranjeros...