—Eso, muy bien. ¡Viva la cocina nacional!
—¡Viva la independencia culinaria!
Servían ya los mozos la paella, cuando en la puerta del comedor se presentaron dos hombres más. Paco, que no los conocía, se levantó confuso; pero el conde se apresuró a decir:
—Este caballero es mi amigo el señor marqués de Cehegín, a quien me permití invitar anoche.
—Y yo a mi vez me he permitido traer a mi primo.
—¡Ah, muy bien, muy bien! siéntense ustedes, digo, si pueden. Pero, ¡cómo! ¿todavía más gente? —añadió al oír el rodar de un carruaje sobre la arena del jardín.
Eran María Luisa y su hermana Matilde, una criatura encantadora de dieciséis años.
—¿Venís solas?
—Sí, solas. El marqués no ha podido acompañarnos. Puede que venga luego a recogernos.
—Bueno, bueno, sentaos donde podáis.