No había sitio. Los hombres, bromeando, les ofrecían sus rodillas. Por fin pudieron acomodarse, una entre Filiberto Pons y Suárez, la otra entre el marqués de Cehegín y su primo.

Las conversaciones callaron. Todo el mundo tenía hambre y la paella estaba riquísima. Solo se oía el chocar de los tenedores y el golpeo del vino al caer en las copas. Los que no se conocían personalmente, levantaban los ojos de cuando en cuando y se miraban a hurtadillas, especialmente las mujeres. Paco Gaitán, cada vez más entusiasmado con su tocaya, la atendía cuidadosamente como a un niño goloso y mimado, ofreciéndole aceitunas, pepinillos y rajitas de salchichón que ella mordisqueaba sonriendo. Era precisamente lo que más le gustaba. En cambio el arroz...

Luisa no apartaba la vista de Manolo Ruiz, que a su vez continuaba procurando esquivar la de ella. Gener, que lo notó, llamó disimuladamente por encima del hombro del Alamares a Federico Guijarro y le puso en antecedentes.

—Tenga usted cuidado con su parejita, ¿eh?, no vaya a ser que a última hora meta la pata.

—¡Oh, no, qué disparate!

—Por si acaso.

—No tenga usted miedo. En todo caso, yo respondo.

Y, en efecto, inclinándose sobre ella, algo debió decirle, porque Luisa bajó los párpados muy encarnada y no volvió a mirar a Ruiz en toda la comida.

Esta era cada vez más animada. Todos hablaban al mismo tiempo. Únicamente Ulzurrun permanecía indiferente a la alegría general, sonriendo tan solo con su aspecto abatido de hombre cansado, cuando alguno decía un chiste o pronunciaba una frase ingeniosa. Se hablaba de todo, de modas, de toros, de teatros, de arte.

—Oiga usted, Suárez —preguntó en voz alta Filiberto Pons—, ¿qué prepara usted para este invierno?