—¡Oh, muchas cosas! Este invierno me lanzo de lleno. Por lo pronto, estoy terminando un sainete con letra de Castro y Pedrosa, después estrenaré una zarzuela grande en Parish, y si me queda tiempo terminaré una ópera que tengo empezada.
—¡Cómo! ¿Una ópera? ¿Nada menos que una ópera?
—Sí, señores; una ópera en tres actos, una vieja leyenda castellana, un libreto hermosísimo que me entregó, poco antes de morir, Antoñito Bedmar.
—¡Pobre Antoñito!
—¡Valía mucho!
—¡Ya lo creo!
—¡Pobre muchacho!
Y como entristecidos por el recuerdo, la conversación languideció. Hacía calor. La gente, sofocada con las apreturas, se iba alejando poco a poco de la mesa, ensanchando el círculo. Algunas mujeres habían ido a buscar los abanicos y los agitaban con fuerza para que el aire llegase también a los hombres, que a su vez alargaban el cuello agradecidos. A lo lejos, enfrente de la puerta, los macizos de boj resplandecían con tonos de esmeralda. Un hálito asfixiante se escapaba de la arena del jardín, que brillaba a los rayos del sol como salpicada de diamantes. Nadie comía ya. Los postres quedaban intactos en los fruteros y los helados, en los platos, se deshacían liquidándose.
—¡El café!
Federico desapareció del salón y regresó en seguida con dos cajas de cigarros habanos, que entregó a los camareros.