—Me he permitido traer esto. Usted no se ofenderá, Paco. Ya sabe usted que a mí me los regalan.

La atmósfera, con el humo, se hizo más asfixiante todavía. Las mujeres, reclinadas sobre los respaldos, se abanicaban con furia. Todas estaban encarnadas, encendidas, con los ojos brillantes, los labios entreabiertos, mostrando los dientes. El champagne las animaba con su embriaguez nerviosa y alegre, y enardecidas charlaban y reían; tolerando todo género de chistes y aceptando toda clase de bromas. A alguien se le ocurrió tocar el organillo, y todas salieron de pronto corriendo, dando gritos y tirando las sillas. Fue aquello una desbandada, el escape de todo un colegio.

Cuatro o cinco jóvenes penetraron en el merendero; transeúntes atraídos por el ruido de la fiesta, que se determinaban a entrar con la libertad que concede un establecimiento público. Paco, al principio, pensó echarlos, pero luego cambió de parecer. «¡Después de todo, qué más da!». Sin embargo, para que la invasión no continuara, colocó un camarero en la puerta con objeto de no dejar entrar más que a los invitados al refresco.

Estos empezaban ya a llegar. Mujeres bonitas, socios de la Gran Peña y del Casino, noticieros de los grandes periódicos, literatos y artistas. Muchos no traían invitación, pero se anunciaban y Paco los dejaba pasar.

—¡Si yo dejo pasar a todo el mundo! Lo que no quiero es golfería.

El organillo no cesaba. Eran siempre los mismos bailables, los mismos valses, las mismas polcas, las mismas habaneras; pero esto ¡qué importaba! La cuestión era bailar. Y se bailaba sin descanso, con blandos movimientos, bajo la sombra de la tapia que se agrandaba cada vez más con la caída del sol.

Perico Castro, Ricardo Bermejo, Pepe Corcho, Agustín Gordinos, todos los redactores de El Combate se presentaron a última hora.

—No hemos podido venir antes. ¡Qué día! Ni una sola noticia. No hallábamos manera de cerrar el periódico. Y vosotros, ¿qué? ¿os habéis divertido mucho?

—Bastante, ya lo creo. Hemos pasado una tarde deliciosa.

—Y la seguís pasando, porque esto no tiene trazas de concluir.