—Yo no tengo prisa.
—Ni yo tampoco. Pero, por si acaso, voy a aprovechar. ¡Caramba! Allí está sola Lolita Guzmán. Voy a bailar con ella.
El sol, próximo a hundirse en el horizonte, caía lentamente incendiando las nubes, alargando en el suelo las sombras de los árboles. El viento arrancaba de las hojas un murmullo, blando y suave a veces como un suspiro, otras largo, inacabable, como el rumor del Manzanares, que a pocos pasos deslizaba mansamente sus aguas tranquilas. Algunas cabras, indóciles a los ladridos de los perros, triscaban en la ribera, mordisqueando la hierba y ahuyentando a los pájaros con el melancólico tañer de las esquilas.
Petrita había dejado el abanico en el comedor y fue a buscarle. Al regresar encontró en la puerta a Luisa.
—Niña, me alegro de verla a usted. Casualmente la iba yo buscando para decirle un recadito.
Petrita quedó confusa.
—Usted dirá —contestó tímidamente, balbuciendo.
—Pues, nada. Que ese hombre que va con usted es mío, ¿se entera usted?, mío, y, por lo tanto, hoy es el último día que les voy a ver a ustedes juntos. ¿Estamos?
—Ese hombre no tiene nada que ver con usted.
—Mire usted, niña; eso de si tiene o no tiene que ver, es cuenta mía. Lo que yo le digo a usted es que no me da la gana, ¿se entera usted? —agregó recalcando muchísimo la frase—, que no me da la gana de que vaya con usted.