—¡Pues irá, irá, porque me quiere! —dijo Petrita con una energía inexplicable.

La otra la cogió de un brazo y la sacudió brutalmente.

—¿Qué has dicho?

—Suélteme usted, me hace usted daño.

—Como te vuelva a ver con él, te corto la cara.

Petrita palideció y trató de huir, muerta de miedo; pero Luisa la detuvo.

—Ya lo sabes; conque ándate con ojo. Ese hombre es para mí, y ¡ay de aquella que quiera quitármelo!

Había en esta frase tal tono de amenaza, que la infeliz criatura quedó aturdida. Se le saltaron las lágrimas y no supo qué responder.

—Ya lo sabes —añadió Luisa soltándola—. Procura que no se te olvide el recadito. Vete ya.

Petrita no se iba. De pie en el marco de la puerta, permanecía inmóvil, atontada.