—Qué, ¿no lo has entendido? ¿Quieres que te lo repita?

Petrita se echó a llorar, y pataleando con la rabia del chiquillo a quien le quitan un juguete, exclamó de pronto:

—Pues bien, no le dejo. Podrá usted pegarme, podrá usted matarme, pero no le dejo.

Luisa, que no esperaba tal tesón, vaciló un momento. Luego, avanzando hacia ella las manos crispadas, los ojos brillantes y amenazadores, rugió con voz ronca:

—¿Qué has dicho?

—Que no le dejo. Podrá usted pegarme, pero no le dejo.

—¿Que no le dejas? —agregó cada vez más amenazadora, cogiendo de encima de la mesa un cuchillo de finísima hoja—. ¿Que no le dejas?

—No.

—¿No?

—No. Por ese hombre doy yo hasta la vida.