—¡Pues, toma, dala ya! —exclamó Luisa fuera de sí, y levantando el brazo hundió rápidamente el cuchillo en el pecho de la infeliz Petrita.

Esta dio un grito y echó a andar tambaleándose, con las manos en la herida, en dirección a los cenadores; pero a los pocos pasos le faltaron las fuerzas y cayó a la larga.

Luisa, aterrada, huyó por la puerta trasera del comedor.

Al grito de Petrita, dos hombres acudieron.

—¡Socorro, socorro! ¡Aquí hay una mujer herida!

Todos se acercaron. Manolo, loco de dolor, cayó ante ella de rodillas.

—¡Petrita, Petrita de mi alma! —gritaba llorando, besándola apasionadamente, tratando de restañar la sangre que a borbotones enrojecía la blusa de batista.

—¡Un coche, un coche! —gritaron varias personas al mismo tiempo—. Es preciso llevar a esta mujer a la Casa de Socorro.

Gaitán se aproximó.

—Es inútil —dijo fríamente después de reconocerla, sin preocuparse de que ella podía oírle—. No dura diez minutos. ¡Oh, la puñalada iba bien dirigida!