Todos los circunstantes se estremecieron. Rose d’Ivern, Rosarito, Paca Rey y algunos caballeros auxiliaban a Amalia, que se retorcía sobre el suelo presa de un ataque nervioso. Lola Guzmán, sentada en una silla, lloraba desconsoladamente. Castro mordía nervioso la colilla del puro. Boncamí paseaba agitado. Los demás, de pie, formando círculo alrededor de la infeliz Petrita, miraban en silencio, tristemente, dolorosamente, verdaderamente impresionados.
Y el sol seguía cayendo; conforme declinaba, perdía su fulgor; su resplandor se apagaba hasta ser solo una aureola, una corona de lucientes rayos. Las nubes perdían sus vivos matices de púrpura y se deshacían en tonos más suaves, más tenues de rosa y de violeta. Los rumores del campo se hacían más lejanos, el viento apenas movía las hojas, el rumor del agua parecía aún más tranquilo, y hasta el tañido de las esquilas sonaba más melancólico y más dulce. Una campana tocó el Angelus.
Postrado de rodillas contemplaba Manolo amorosamente a Petrita, viendo con terrible angustia cómo la palidez invadía las mejillas, cómo el sudor abrillantaba la frente, cómo se aflojaban los músculos, cómo se secaban los labios, cómo el temblor se apoderaba de su pobre cuerpo.
Ella abrió los párpados; clavó en él sus pupilas, vidriosas ya, le envió en una mirada su alma entera, y con voz dulce como un suspiro, triste como un sollozo:
—Manolo —dijo.
Él, por toda contestación, se inclinó sobre ella y la dio un beso: un beso de amor, de amor sublime, de cariño inmenso, de pasión suprema, de ternura infinita.
Cuando levantó la cabeza, Petrita no existía ya. Sus manos descansaban sobre el pecho, encima de la herida, piadosamente entrelazadas. Sus ojos habían quedado abiertos, clavados en el infinito, como queriendo retratar en las pupilas la majestuosa serenidad del cielo; la crispación de sus labios mentía una sonrisa; las impalpables partículas de polvo, posadas en su desordenada cabellera rubia, brillaron un instante, a los rayos postreros del sol, como un nimbo de oro.
XXVII
Al llegar al límite de los merenderos se detuvo un instante para mirar atrás. Nadie la seguía. Cobró aliento y continuó andando; pero a los pocos pasos cambió de idea, retrocedió, torció súbitamente a la derecha y se metió entre los árboles de la Florida, oscuros ya bajo las sombras del crepúsculo. Vio a sus pies serpentear una vereda y por ella entró resueltamente, sin preocuparse de adónde iría a parar. Últimamente, esto ¿qué importaba?; la cuestión era huir lejos, muy lejos, lo más lejos posible, donde no pudieran encontrarla los que, a no dudarlo, debieron salir en busca suya. Este era el único temor que la sobresaltaba. Por lo demás, no sentía remordimiento alguno. Si cien veces se encontrara a Petrita de nuevo en su camino, cien veces volvería a herirla lo mismo que la hirió. ¿No era Manolo suyo? ¿No se lo había ella quitado? Pues al castigarla no había hecho más que defender lo suyo. Justicia era, no venganza; merecido el castigo, noble el golpe, cara a cara y frente a frente y habiéndolo advertido de antemano. Bien claro se lo dijo: «Ese hombre es para mí, y ¡ay de aquella que quiera quitármelo!». ¿Por qué la otra había resistido? ¿Por qué en lugar de ceder vino con desplantes y provocaciones? «No le dejo, es mío y no le dejo; por ese hombre doy yo hasta la vida». «Pues toma, dala ya...». Y al recordar la escena, la rabia de los celos mordió sus entrañas, y su brazo se extendió en el aire, amenazador, con el puño cerrado, como si ante ella se alzase de nuevo la sombra de Petrita. Al hacer este movimiento vio toda su mano salpicada de sangre, sangre negra, coagulada ya. Estremecida de horror y repugnancia, la ocultó prontamente entre los pliegues del vestido y aceleró el paso.
Conforme avanzaba iba reconociendo poco a poco el sitio. Recordaba haber pasado por allí una tarde, hacía mucho tiempo. La vereda desembocaba en el paso a nivel del ferrocarril, se cruzaba este, y subiendo después por cuestas y desmontes se llegaba al paseo de Rosales. Satisfecha con este descubrimiento, siguió andando cada vez más de prisa; pero como viera de pronto un grupo de gente que venía cantando trató de esquivarle, y abandonando temerosa la vereda entró resueltamente por entre la hierba seca que bajo sus pies se quebraba crujiendo. La noche llegaba. Las negras sombras de los árboles caían silenciosas sobre el suelo como manchas enormes. Entre el encaje de las copas brillaba lívido el disco de la luna. Nubes opalinas flotaban en el cielo de un azul muy pálido. Sobre la masa del boscaje el crepúsculo moría con tenue resplandor de hoguera que se extingue. Un cuco preludiaba con tenacidad inaguantable su canto melancólico.