De pronto los árboles faltaron y se encontró en medio de un campo seco, rubio como trigal recién segado. Al principio, esto la desconcertó un poco, pero orientándose de nuevo, gracias a un esfuerzo de imaginación, continuó andando hasta dar con la empalizada de madera que cerca la vía, siguió por ella y adelante, siempre adelante, llegó al paso a nivel.
La barrera estaba echada. Una locomotora iba y venía haciendo maniobras. Tuvo que esperar dos minutos, dos minutos que a su impaciencia parecieron dos horas. Por fin la máquina se alejó, pitando con aflautados y lúgubres silbidos, se abrió la barrera y cruzó al otro lado.
Una vez allí respiró con tranquilidad. Pareciole que estaba ya segura, que nadie podía descubrirla, como si la débil barrera de tablas fuera en realidad para sus perseguidores barrera infranqueable. No obstante esta confianza, a cada paso detenía su ascensión por la pesada cuesta para volver la vista y mirar hacia atrás.
La noche avanzaba. Bastantes estrellas titilaban ya en el azul que se oscurecía lentamente. Sin embargo, por encima de la negra masa de la Casa de Campo los resplandores del crepúsculo le enrojecían aún.
Cuando llegó al paseo de Rosales se encontró rendida. Aquella ascensión por las empinadas pendientes habíala fatigado muchísimo. No tuvo más remedio que sentarse en un banco a descansar un poco.
Entonces, solo entonces, comprendió su situación horrible. ¡Qué hacer, dónde ir! A su casa... ¡imposible! ¿A casa de una amiga? Más imposible aún. ¡Dios mío! ¿Qué hacer? ¿Dónde ir? ¡Dios mío! Todo el valor que hasta entonces tuviera, lo perdió de pronto, le faltaron los ánimos, le faltaron las fuerzas, todo se convirtió para ella en motivo de espanto y de terror: el silencio de la noche, la oscuridad del sitio, los escasos transeúntes, el desorden de su traje, su mano ensangrentada...
—¡Dios mío, estoy perdida, perdida para siempre! —pensó horrorizada, y tapándose la cara con las manos rompió a llorar.
Dos muchachitas, dos obreras, se le acercaron cariñosas.
—¿Qué le pasa a usted, joven? ¿Está usted mala?
Pero ella, sin contestarlas, se levantó del banco y echó a correr sin volver la vista. Cruzó el paseo de Rosales, se metió por una calle que no conocía, atravesó otra que le pareció la de Ferraz y siguió andando, andando, andando cada vez más de prisa. Cuando jadeante abrió los ojos, se encontró enfrente de la Cárcel Modelo. Un escalofrío nervioso recorrió su carne desde los pies a la cabeza al reconocer el edificio; su corazón latiole con violencia y sus rodillas se doblaron. Sin embargo, haciendo un esfuerzo de energía, se alejó de allí.