Su situación se hacía cada vez más penosa. Sus piernas, no acostumbradas a largas caminatas, se negaban a conducirla. Sus pies delicados se arrastraban sobre las aceras, tropezando de continuo, pisando en falso, lastimándose con dolorosas torceduras. A medida que la noche avanzaba, tenía más miedo. Cada vez que los pasos de un transeúnte sonaban detrás de ella, parecíale que iban a capturarla, y sacando fuerzas de flaqueza apretaba el andar y salía huyendo, escapándose por las esquinas, refugiándose en los portales, poseída de indecible espanto.

¿Cuánto duró esta loca excursión? Nunca lo supo.

Nunca recordó por dónde había pasado aquella noche. Solo sabía que ya tarde, muy tarde, al doblar una esquina se encontró de manos a boca con una pareja de orden público. Dio un grito y se quedó parada. Los guardias, creyéndola enferma, se acercaron solícitos a auxiliarla, y viéndola temblar, la cogieron del brazo.

Ella se echó a llorar, y les dijo:

—¡No me pregunten ustedes nada!... ¡Sí, he sido yo..., he sido yo quien la ha matado!

XXVIII

Los timbres cesaron en su repiqueteo insoportable. Había empezado la sesión. Un secretario, de pie en la tribuna, leía con atiplada voz entre la general indiferencia. El ministro de Hacienda, hojeaba en el extremo del banco azul voluminoso legajo de papeles. Dos o tres diputados, reclinados sobre los pupitres, escribían. Otros charlaban entre sí delante de las puertas o apoyados en la barandilla de la tribuna.

—¿Se aprueba el acta? —preguntó el secretario sin levantar la vista—. Queda aprobada —continuó sin esperar respuesta. Y siguió leyendo con su machacante tonillo de chico de escuela.

Algunos diputados entraban en el salón y se sentaban gravemente en los escaños después de saludarse como buenos y antiguos compañeros.

—El señor Ruiz tiene la palabra —dijo el presidente con voz grave.