—Para rogar al Congreso que tome en consideración la proposición que acaba de leerse —contestó un joven alto levantándose a medias del asiento.
—¿Acuerda el Congreso tomarla en consideración? Queda tomada en consideración. Pasará a las Secciones para el nombramiento de la Comisión correspondiente.
Otros diputados hablaron después para apoyar nuevas proposiciones. Nadie los oía. Únicamente el secretario, con su voz atiplada, aseguraba muy formal que el Congreso las tomaba en consideración y que pasarían a las Secciones.
Después habló durante largo rato un señor calvo, pero en voz tan baja que nadie logró entenderle. Bien es verdad que a nadie preocupó su discurso. Cuando lo terminó, el ministro de Hacienda se levantó, y con los puños apoyados sobre el legajo, para no perder la señal, dijo muy amable que tendría sumo gusto en poner en conocimiento de su compañero el señor ministro de Estado el ruego de su señoría. En seguida volvió a sentarse y siguió hojeando los papeles.
—¡Oh, qué estúpido es esto! —exclamó en la tribuna de la prensa un muchacho delgaducho y barbilampiño, el más joven de los que allí se encontraban—. ¡Qué estúpido es esto! —añadió golpeando furiosamente el lápiz contra el pupitre—. ¿Puede darse nada más estúpido que el principio de una sesión de Cortes? ¡Ea, yo me voy! ¿Quién quiere que le convide a café?
Y como al volver la cabeza su mirada tropezara con Luis, que entraba en aquel momento, se dirigió directamente a él.
—Gener, le invito a usted a café.
—Acepto con muchísimo gusto.
—Soy con usted en seguida. Espere usted que termine estas cuartillas para la edición de la tarde. «Varios diputados apoyan proposiciones y formulan ruegos de interés local». ¡Bueno, ya está! Oiga usted, Pérez; si hubiera algo saliente, ¿quiere usted hacerme el favor de meter un calco?
—¡Qué oficio más cochino y más perro!, ¿eh? —siguió diciendo una vez sentado delante de la taza de café con leche que el mozo les sirvió—. ¡Le aseguro a usted, Gener, que tengo más ganas de perderle de vista! ¡Es el oficio más antipático que conozco! Todos los días lo mismo. Por supuesto que, como habrá usted visto, a mí esos tíos no me dan la lata. Yo no me mato en el extracto, ni muchísimo menos. El que quiera peces... Qué, ¿cuándo se estrena esa obra? —preguntó variando de conversación—. Me han dicho que ha terminado usted una comedia; ¿para dónde?