Y se marchó atropelladamente para interrogar al ministro de Estado, que en aquel momento salía del salón de sesiones.

Luis quedó en los pasillos, desconcertado. ¿Sería posible que Sánchez Cortina dejara la cartera? Adiós credencial, adiós esperanzas de destino, adiós ilusiones de mejorar de situación; continuaría lo mismo, es decir, peor, porque lo probable era que en el periódico volvieran a la reducción de sueldos, al atraso en las pagas... Sí, sí; era preciso hablar con Cortina para que le nombrase en el testamento.

Se aproximó a una de las puertas del salón y miró por entre los biombos. No había cuarenta personas.

Toda la animación estaba concentrada en el salón de conferencias. Se hablaba, se discutía acaloradamente con frases duras y ademanes vivos. Se comentaban en diversos tonos los términos de la proposición incidental que iba a leerse en breve, haciéndose cálculos más o menos aproximados acerca del resultado de la votación. Todos, absolutamente todos, convenían en que la crisis era inevitable. No era posible que Sánchez Cortina pudiera continuar un momento más en el banco azul.

Hacía un calor insoportable. Luis se marchó de allí.

Al final del pasillo, cerca ya de la puerta de la calle del Florín, encontró a Mínguez. Este se contentó con saludarle desde lejos; pero viendo que el periodista iba derecho hacia él, avanzó también y le tendió la mano. Estaba pálido, muy pálido, demacrado, ojeroso, con un aspecto, en fin, tan extraño en toda su persona, que Luis no pudo por menos de preguntarle:

—¿Qué le pasa a usted? ¿Está usted malo?

—Sí, en efecto, no me encuentro bien; me duele mucho el estómago —contestó balbuciendo.

¡Pobre hombre! Quizá tuviese hambre.

—¿Ha comido usted? —preguntó Luis bruscamente, sin detenerse a pensar si esta pregunta podía o no lastimar su amor propio, llevado solo de un noble sentimiento de compasión y caridad.