—Sí, acabo de hacerlo en este momento.

—¿De veras?

—De verdad.

—Con franqueza; mire usted que sentiría muchísimo que por un exceso de delicadeza rechazara usted una oferta que le hago con toda mi alma.

—Gracias, Gener, muchas gracias; es usted un buen amigo; pero he comido ya.

—Venga usted entonces a tomar una taza de café.

Y trató de cogerle del brazo. Mínguez dio vivamente dos pasos atrás, y repuso con voz alterada:

—No, no, muchas gracias; no me es posible ahora.

—¿Qué tiene usted que hacer?

La pregunta debió contrariarle, porque en el momento no supo qué contestar. Por fin, con frases entrecortadas, vacilantes, como el que teme revelar un secreto, exclamó: