—¡Oh, y lo que estarán! Nos persiguen a muerte.
—¿Sí?, ¡caramba!; pero ¿y ustedes?
—Nosotros... —Sus ojos brillaron un instante con fulgor intenso. Pero solo fue un instante; en seguida recuperó su aspecto abatido—. Nosotros, ya lo ve usted, ahora no hacemos nada, estamos completamente tranquilos.
—En efecto; hace ya tiempo que no habla usted en ningún mitin.
—Los mítines no sirven para nada.
—Sí, es verdad —exclamó Luis riendo jovialmente—: es preciso hacer algo, ¿no es eso?, algo muy gordo. ¡Qué! ¿Cuándo nos sueltan ustedes una bombita?
Por muy dueño que fuera Mínguez de sí mismo no pudo evitar un brusco movimiento; sus mejillas se encendieron, y ocultándose más en la sombra cerró con precipitación los embozos, con tal atropellamiento, que Luis hubo de advertirlo.
—¿Qué llevará debajo de la capa? —se preguntó extrañado.
Una sospecha horrible cruzó por su imaginación. ¡Si aquel hombre querría...! Pero la misma enormidad de la sospecha le hizo rechazarla. ¡Imposible! Era demasiada barbaridad.
Sin embargo, había para sospechar. Sus inquietudes, sus vacilaciones, sus antecedentes, sus ideas exaltadas, el mismo aspecto de su persona, su capa raída, su corbata deshilachada, su sombrero grasiento, sus barbas hirsutas y, sobre todo, su cara, aquella cara de hambre. Un individuo que tiene hambre es capaz de todo.