—¿Quiere usted un cigarro? —exclamó no sabiendo cómo abordar la cuestión y por si con aquel procedimiento conseguía que abriese la capa.

—No, gracias; no tengo ganas de fumar ahora.

Y siguió retrocediendo, ocultándose siempre detrás de las cortinas.

Las sospechas de Luis aumentaban. Decidido a salir de dudas, fuese como fuese, se acercó a él y como inadvertidamente, le dio un golpe en el pecho. Su mano tropezó con un objeto duro y redondo.

—¡Demonio! ¿Qué lleva usted ahí? Un queso de bola.

Mínguez se puso horriblemente pálido.

Luis no dudó ya. Cogió al anarquista de un brazo, y sacudiéndole nerviosamente le dijo:

—¡Miserable! ¿qué va usted a hacer?

—¿Yo?, ¿yo? ¿Por qué me dice usted eso?

—¿Qué lleva usted ahí?