—Nada.

—¡Miente usted! usted lleva ahí una bomba, y yo voy ahora mismo a denunciarle.

Un relámpago de cólera encendió las pupilas de Mínguez; pero, reponiéndose, contestó con voz completamente serena:

—Haga usted lo que guste.

—Pues bien; no le denunciaré a usted, no le denunciaré porque tengo la convicción de que es usted un loco; pero sí impediré que pueda usted cometer ninguna infamia. ¡Márchese usted, márchese en seguida, no vaya a ser que me arrepienta! ¿Pero no me oye usted? —agregó sacudiéndole violentamente al ver que no se movía—. ¿No oye usted que le digo que se vaya en seguida?

El otro bajó la cabeza, y contestó con desaliento:

—¿Para qué?

Luis le miró asombrado.

—¡Cómo que para qué! Para no cometer la atrocidad que proyectaba. Para salvarse, sí, para salvarse; lo mismo que yo he descubierto sus intenciones, pueden descubrirlas otros. ¡Ah, y esos otros no serán tan benévolos!

—¡Qué más da! Si me marcho, volveré.