Había tal convicción en sus palabras, que Luis se estremeció. Un latigazo de frío le sacudió de pies a cabeza.

—Lo he jurado y lo cumpliré. Déjeme usted, Gener, déjeme usted.

—¿Pero está usted loco? ¿En qué cabeza cabe que yo le voy a consentir que cometa esa infamia? Porque eso es una infamia, una verdadera infamia. Esa bomba puede aniquilar culpables, pero puede también destruir vidas inocentes, ciudadanos honrados, hombres que tienen hijos, hijos que dentro de unas horas llorarán de desesperación llamando a su padre. Usted también los tiene, Mínguez; piense usted qué será de ellos el día de mañana cuando les digan que su padre fue un criminal y un asesino.

Mínguez bajó la cabeza confuso. En los bordes de sus párpados asomaron dos lágrimas. Luis lo notó y quiso aprovechar el momento.

—¡Váyase usted, váyase usted! —añadió empujándole—, váyase en seguida.

—No puedo, no me atrevo. Me asusta atravesar ese pasillo y, sobre todo, la puerta. Me parece que me lo van a conocer en la cara. Y además, estoy seguro de que si saliera, una vez en la calle volvería a entrar.

—Yo le acompañaré a usted. Conmigo no le dirán nada.

—No, no me atrevo. Si pudiera dejarla aquí... —exclamó mirando alrededor.

Se encontraba en medio del pasillo, frente a los water-closets.

—¡Demonio!, aquí es muy expuesto. Puede verle a usted cualquiera.