—Sí, en uno de estos retretes...

—No es mala idea, pero espere usted un momento, voy a ver qué hay por ahí.

Se asomó al extremo del corredor y miró. No había nadie. En la puerta, el ujier y los guardias civiles charlaban muy entretenidos con una linda muchacha. En el pasillo, dos o tres periodistas, reclinados en la pared, fumaban tranquilamente repasando las notas de sus cuartillas. La sala de escritura estaba vacía. Los diputados se hallaban todos en el salón. Por un momento tuvo Luis la idea de salir corriendo, de marcharse, de dejar a Mínguez que se las arreglase como pudiera. Pero el temor de que este al encontrarse solo pusiera en práctica su propósito, le hizo retroceder y volver a su lado.

—La suerte le favorece a usted. Deben estar ocupados con la proposición incidental. Vamos, aproveche usted; ¡pronto, pronto!

El anarquista entró en uno de los retretes y volvió a salir en seguida.

—Ya está; ¿no me ha visto nadie, verdad?

—No, nadie.

Los dos temblaban de pies a cabeza, nerviosos, excitados.

—¡Vaya, márchese usted!

—Adiós, amigo mío, adiós y muchas gracias.