—¿De veras? —preguntó.

—Sí, de veras.

—Bah, eso es mentira; eso lo dices tú por animarme.

—No, no es mentira —añadió Pedrosa—; a mí también me han dicho lo mismo.

Luis incorporose sobre las almohadas, y apoyando en ellas los codos, los miró con profunda atención.

—¿No me engañáis?

—No, hombre, no te engañamos. Yo te doy mi palabra de que tu obra se estrenará muy pronto, mucho antes quizá de lo que crees tú mismo.

—Entonces es preciso que yo me ponga bueno, es preciso que yo pueda salir a la calle en seguida. ¡Oh, si eso fuera cierto! —añadió con creciente exaltación—. ¡Si mi obra llegara a estrenarse!

Sus grandes ojos brillaron con fulgor intenso. Pero esto solo duró un instante. Inmediatamente volvió a abatirse.

—No, no es verdad, me engañáis... No es posible que mi obra se estrene, y si se estrena, será un fracaso; estoy seguro de que será un fracaso.