Sin embargo, al día siguiente, en cuanto vio a Castro, lo primero que hizo fue preguntarle si sabía algo de la comedia.

—Sí, ¡ya lo creo! Anoche volví al Español y estuve hablando de ella con todo el mundo. Están esperando solo que tú te pongas bueno para comenzar los ensayos.

—¿Es de veras?

—Eso me han encargado que te dijese.

Luis dio un salto en la cama.

—¡Pero si yo estoy bueno; si estoy ya completamente bueno! ¿Verdad, Isabelilla, que estoy ya bueno? Tan bueno que ahora mismo me voy a vestir. Isabelilla, tráeme la ropa.

Tuvieron que calmarle. Pero como él a todo trance insistiera en vestirse, no hubo más remedio que acceder a ello. ¡Qué demonio! Después de todo, puede que le convenga.

Pasó la tarde animadísimo, charlando jovialmente y recordando escenas de la obra, algunas de las cuales pensaba reformar antes que comenzaran los ensayos.

—En el segundo acto tengo que cortar algo; me parece que pesa un poco; pero esto es cuestión de un par de días. Oye —le preguntaba a Castro con profundo interés—, ¿tú crees que mi comedia gustará?

—Hombre, yo creo que sí.