Castro y Boncamí estaban preocupadísimos. A medida que el día avanzaba, apoderábase de ellos una terrible excitación nerviosa que no les dejaba estar quietos diez minutos en el mismo sitio. No hacían más que fumar, fumar incesantemente cigarro tras cigarro.
—Pero, muchachos, no fuméis de esa manera; os vais a destrozar la garganta.
Pero ellos, sin escucharle, proseguían encendiendo pitillos, paseando por la habitación como enjaulados tigres, los ojos siempre fijos en la esfera del pequeño reloj que cada vez parecía marchar más tardo y perezoso. Las ocho, las ocho y media..., las nueve. En vano trataban los pobres chicos de distraerse leyendo. Las letras se agrandaban ante sus ojos, correteando locas por el papel como extraños insectos; desuníanse las palabras, juntábanse las frases, deshacíanse los períodos, amontonábanse los párrafos y la página toda parecía oscilar con la agitación de un hormiguero.
A las diez y media se recibió un sobre cerrado. Era un aviso de Pedrosa. Decía sencillamente: «Primer acto, éxito colosal; público entusiasmado».
—Oye, ¿tú crees que se estrenará mi comedia? —preguntaba Luis sentado en la butaca.
—¡Oh, sí, seguramente! ¡Quién lo duda! —contestaron ambos.
Y otra vez volvieron a pasear y a encender pitillos.
—¿Queréis hacer el favor de sentaros? Me mareáis con esos paseos.
Boncamí cogió un periódico. Perico se puso a hacer solitarios.
Las once, las once y cuarto, las once y media, las doce... Otro sobre de Pedrosa: «Segundo acto, frío. Algunas escenas pesadas. Público resérvase. Atmósfera caldeada. Yo, nervioso».