—¡Ah, si mi comedia se estrenara! ¡Si llegara a estrenarse! —repetía Luis siempre fijo en esta idea.

Ni Castro ni Boncamí le contestaron. El primero trataba de distraerse hojeando los libros de la biblioteca. El segundo jugaba al tute con Isabelilla.

De pronto, Luis manifestó deseos de acostarse.

—¿Acostarse? ¡Oh, no, imposible, imposible...!

—¿Imposible? ¿Por qué?

—Sí, ¿por qué? —repitió Isabelilla.

—Un momento, espera un momento; ¿qué necesidad tienes de acostarte tan pronto?

—¿Tan pronto? Son las doce y media.

—Pues por eso; espera siquiera a la una; eso es, a la una.

Luis se resignó.