—Bueno, esperaré hasta la una; pero a la una me acuesto, ¿eh?
Castro y Boncamí, pálidos, muy pálidos, mirábanse a hurtadillas. Ninguno de los dos osaba abrir la boca. Hundidos en los sillones con las manos crispadas, mordiéndose los labios, miraban las manecillas del reloj que parecían oxidarse sobre los rígidos números romanos. La una menos cuarto, la una menos diez, la una menos cinco...
—¡La una! Vaya, me voy a acostar.
—Un momento, un momento aún.
—¿Pero para qué, queridos? ¿Qué interés tenéis en que yo no me acueste esta noche?
—¡Oh, no, ninguno! Al contrario; te conviene acostarte.
Pero puestos de pie en la puerta de la alcoba le impedían el paso, en tanto que las manecillas del reloj seguían su marcha perezosa. La una y cinco, la una y diez...
—¡Ea, dejadme acostar...!
—Sí, sí, acuéstate. Pero oye: convendría que Isabelilla te calentara la cama. Puede perjudicarte la impresión de frío.
Él protestó. ¡Oh, no, de ningún modo; no faltaba más!