Ellos, no obstante, insistían, tratando de ganar tiempo. La una y cuarto, la una y veinte...
—Sí, sí, Isabelilla, es necesario que le calientes la cama. La una y veinticinco...
Un fuerte campanillazo les sacudió los nervios.
—¡Ahí está!
—¿Quién?
—Nada, una carta que estoy esperando.
No era carta; era el propio Pedrosa, sudoroso, jadeante, sin alientos.
Castro y Boncamí le miraron ansiosos.
—¿Qué?
—¡Habla!