—¿El anarquista?

—Eso dicen y eso dice él. Pero no lo crea usted. Es sencillamente un soñador y un idealista, muy culto, muy ilustrado, muy listo y muy buen sujeto. ¿Quiere usted que le llame?

—No, no, déjele; me es antipático ese hombre.

—Antipático, ¿por qué? Es un infeliz. Alma primitiva, no admite injusticias ni desigualdades; espíritu sencillo, cree en el bien como nosotros creemos en la belleza y en el arte.

—Sin embargo, tiene una mirada...

—Llena de odio cuando mira a los poderosos y a los fuertes; llena de dolor cuando ve las imperfecciones de los hombres; llena de amor cuando contempla a los débiles y a los oprimidos.

—Me parece que usted también es algo anarquista.

—¿Yo? Tal vez sí.

Y se puso a desleír el azúcar en el café con leche.

Mínguez había sacado de nuevo las cuartillas y las repasaba cuidadosamente, haciendo en ellas pequeñas enmiendas.